En Inglaterra -donde (1) un zapatero diseñó el primer balón de rugby de la historia, (2) el oval es religión y (3) existe un templo llamado Twickenham-, un grupo de médicos pidió hace un año que se suprima el contacto directo entre los niños que juegan a este deporte. Algo así como practicar la esgrima sin espada, sin sable y sin florete. En una suerte de rugby que estaría más cerca del “tú la llevas” que de la épica que comporta.

Prohibir en el rugby infantil el tackle, las melés, ese arte de la tala discriminada que son los placajes, equivaldría a prohibir las pendientes de bajada para los niños ciclistas, a suprimir los remates de cabeza en el fútbol escolar o a alfombrar las pistas de patinaje para que nadie se rompa un hueso. Porque el suelo -como la vida misma- está muy duro y duele.

Donde alguna gente sólo ve golpes, se esconde una estrategia. Pero es mejor ser una persona con muchas paradojas que una persona con algún prejuicio. En el rugby infantil hay contacto como hay contaminación en Madrid: es algo inevitable. Y es el único deporte capaz de detener por un rato una guerra: en 1902, en la llamada guerra de los boers, ingleses y afrikaners cambiaron durante horas los obuses por la pelota. Los británicos habían pedido partido. Los afrikaners dijeron que vale. Salieron de las trincheras. Primero jugaron, con todo. Acabado el encuentro, sí que tiraron a matar.

Es verdad que hay lesiones llamativas. Estábamos en Oliva (Valencia). Durante el Festival Nacional de Rugby Sub 14 de hace un par de años. De la veintena larga de chicos y chicas del Alcorcón, tres regresaron heridos: uno fue porque se clavó la espina de un cactus de dos centímetros, mientras hacía la grulla de Karate Kid; la otra fue porque se torció un tobillo pisando mal en el hotel; un tercero llegó con tortícolis del autocar. De todo ello se colige que lo peligroso no es el rugby, sino tener 13 años.

Lo que dice la Sociedad Española de Cirugía Oral y Maxilofacial es que el fútbol es el deporte que más fracturas maxilofaciales provoca. Un estudio conjunto de las universidades de Granada y Pablo Olavide de Sevilla concluye que los tres deportes que tienen proporcionalmente más lesiones son el baloncesto, el balonmano y el voleibol.

Pierre Villepreux, el mítico entrenador y jugador francés de rugby, hacía una pregunta: «¿Cómo entramos en un bosque, chocando árbol por árbol o penetrando por el espacio que hay entre ellos?».

Esto es rugby, señores. Y hay que ser gilipollas para no acertar la respuesta.

Texto: Pedro Simón